La renta básica universal, una asignación monetaria pública regular e incondicional para toda la población, está siendo cada vez más discutida en círculos académicos, políticos y sociales y entre la ciudadanía en general. La gente está abogando por ella desde la derecha y la izquierda. Pero si está siendo empujada desde ambos lados del espectro político, ¿cuál es su secreto? ¿Es tan sorprendentemente convincente que acaba con todas las diferencias entre los extremos políticos? Difícilmente. Más bien, el hecho de que se clame por la renta básica desde posturas políticas tan diferentes enturbia el debate serio y está desconcertando totalmente a mucha gente. Y en la izquierda, muchas otras personas, alegando que a ellos no les tomarán por idiotas, optan por un irreflexivo y completo rechazo de la renta básica porque la ven como una artimaña más de la derecha.Así por ejemplo, Chris Hedges escribe sobre “El timo oligarca de la «renta básica», señalando que:

“Los oligarcas no proponen un cambio estructural. No quieren el negocio y el mercado regulados. No apoyan a los sindicatos. No pagarán un salario digno por los trabajos forzados en el mundo en vías de desarrollo, ni a los trabajadores norteamericanos en sus almacenes y sus centros de distribución, o a los que conducen sus vehículos de reparto. No tienen intención alguna de establecer una educación superior gratuita, una sanidad pública universal o pensiones adecuadas. En su lugar, buscan un mecanismo para continuar explotando trabajadores desesperados con salarios de subsistencia a quienes pueden contratar y despedir a voluntad.

(…)

El reclamo de una renta básica garantizada es el clásico ejemplo de algo que entendieron Karl Marx y Antonio Gramsci, que cuando los capitalistas tienen capital y trabajo excedentes, usan la cultura de masas y la ideología, en este caso el neoliberalismo, para reconfigurar los hábitos de una sociedad y que absorba los excedentes.”

Tiene toda la razón. Pero dar en el clavo con las estrategias canallas de los oligarcas, difícilmente rebate los argumentos de la izquierda en favor de una renta básica universal e incondicional que, desde luego, es la única política sometida a debate como forma de garantizar universalmente el derecho más básico de todos: el derecho a la existencia material. Más aún, la renta básica, sin ser la panacea universal, es uno de los caminos para fortalecer a los miembros vulnerables de la sociedad en su lucha contra las oligarquías.

Por otro lado, el respetado economista marxista Michael Roberts tiene una opinión diferente, expresada recientemente en su blog (que citaremos ampliamente para cubrir todos los puntos):

“¿Pero qué hacer, si se pierden empleos por los robots? Algunos economistas liberales hablan de un “impuesto robot”. Pero todo lo que conseguiría es ralentizar la automatización –un movimiento difícilmente progresista en lo que respecta a la reducción del trabajo–. La idea de una renta básica universal (RBU) continúa ganando terreno entre economistas, tanto de izquierdas como convencionales. He discutido los méritos y deméritos de una RBU previamente. Por la RBU abogan muchos economistas neoliberales tacticistas, como forma de sustituir el “Estado del bienestar” de sanidad y educación gratuitas, de pensiones decentes, por una renta básica. Y está siendo propuesta para mantener los salarios bajos de quienes trabajan. Cualquier nivel decente de renta básica sería demasiado costoso para que el capitalismo lo pudiera afrontar. E incluso si la RBU fuese conquistada por la lucha de los trabajadores, aún no resolvería la cuestión de quién posee los robots y los medios de producción en general.

Una iniciativa más interesante es, en mi opinión, la idea de los servicios básicos universales, esto es, lo que conocemos como servicios y bienes públicos, gratuitos en el lugar de uso. Una sociedad superabundante es por definición una en la que nuestras necesidades quedan cubiertas sin trabajo y explotación, es decir, una sociedad socialista. Pero la transición a una sociedad así puede empezar dedicando trabajo socialmente necesario a la producción de las necesidades sociales básicas como la educación, la sanidad, la vivienda, el transporte y alimentos básicos y equipamientos.”

El texto de Roberts proporciona un buen punto de partida para ir al meollo de algunos de los aspectos básicos del debate en torno a la renta básica.

1) Una renta básica puede ser financiada de varias maneras distintas. La diferencia entre las propuestas de izquierdas y las de derechas se determina fácilmente, preguntándose por quién gana y quién pierde. Una propuesta de izquierdas supondría una reforma fiscal progresiva, que implica una gran redistribución desde los ciudadanos más ricos hacia el resto de la sociedad. Así, en una propuesta de financiación resultante de un extenso estudio detallado en el capítulo final de nuestro libro Against Charity, especificamos que, con nuestra versión de la renta básica, el 20% más rico saldría perdiendo y el otro 80% ganaría. Esto significaría tal redistribución de la renta que en términos del índice de Gini, sería una de las más igualitarias del mundo (alrededor del 0,25).

2) Cualquier renta básica que contemple el desmantelamiento del Estado del bienestar es una artimaña de la derecha. El hecho de que Milton Friedman –quien, en realidad, en vez de una renta básica, defendió un impuesto negativo sobre la renta (INR), el cual es similar a la renta básica en algunos aspectos pero significativamente diferente en otros– y otros economistas de derechas más recientes sean ostensiblemente defensores de la renta básica ha hecho que algunos críticos de izquierdas no distingan el grano de la paja. Friedman quiso el INR como un pequeño soborno mientras apuntaba al desmantelamiento de los servicios públicos en Estados Unidos, pero es bastante reduccionista concluir de ello que todos los partidarios de la renta básica se quieran deshacer del Estado del bienestar. Lejos de eso, una renta básica podría, y debería, implicar más y mejores servicios públicos. La Red Global de Renta Básica (BIEN por sus siglas en inglés), la cual fue fundada en 1986 y que ahora tiene secciones en cada continente, es clara en este aspecto, afirmando en una resolución aprobada en la Asamblea General de la BIEN en Seúl en 2016, que su versión de la renta básica es:

“estable en cantidad y frecuencia y lo suficientemente alta como para ser, en combinación con otros servicios sociales, parte de una estrategia política para eliminar la pobreza material y posibilitar la participación social y cultural de cada individuo. Nos oponemos a la sustitución de derechos o servicios sociales si esa sustitución empeora la situación de personas relativamente desfavorecidas, vulnerables o de ingresos bajos.”

3) Los defensores de izquierdas de la renta básica también entienden que una renta básica aumentaría el poder de negociación de los trabajadores. Cuando la relación laboral es tan institucionalmente asimétrica que los contratos entre una multinacional o gran empresa y cualquier trabajador toman legalmente a ambas partes como “iguales”, no es complicado ver cómo una renta básica mejoraría la posición de la parte más vulnerable, que al menos tendría un ingreso por encima del umbral de la pobreza sobre el que apoyarse.

4) Como muchas feministas han señalado repetidamente, muchas mujeres maltratadas no dejan a sus parejas agresoras porque sienten que no pueden ganarse la vida o sobrevivir de manera independiente. Una buena proporción de mujeres que sufren acoso son materialmente dependientes de parejas violentas y una renta básica les daría la independencia material que tan urgentemente necesitan.

5) La renta básica sería una medida propia de la esfera de la política económica pero no es una “política económica” por sí sola. La diferencia entre las propuestas de renta básica de izquierdas y de derechas también se hace evidente por la cantidad y tipo de medidas adicionales que estas implican en el campo de la política económica. Por ejemplo, gravar con impuestos a los ricos para que estos de hecho paguen la renta básica del resto de la población sería una medida harto diferente de cualquiera diseminada por una oligarquía que ha engullido todo a su paso, hasta el extremo de que tres personas en los Estados Unidos –Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett– poseían en 2017 más riqueza que la que tenía en conjunto la mitad más pobre del país. Desde luego esa diferencia debería ser por sí sola suficiente como para disipar cualquier idea de que sólo hay una forma de financiar la renta básica, y que es de un mal tipo.

6) A diferencia de las prestaciones condicionadas, que implican altos costes administrativos, estigmatizan a los receptores y aún peor, causan y perpetúan la trampa de la pobreza, queda clara que por su propia naturaleza, una renta básica incondicional evitaría estos inconvenientes eliminando burocracia y mecanismos de seguimiento y control. Más importante, hay una enorme diferencia en los conceptos básicos. Las prestaciones condicionadas son para personas problemáticas, “perdedores”, “fracasados”, gente convertida en redundante o incapaz de encontrar trabajo, incapaz de ganar suficiente dinero para vivir, o con serios problemas asociados a sus ingresos, a sus capacidades, a sus competencias cognitivas, a su salud mental y física, etc. La pobreza es vista como una aberración personal. La norma es tener un empleo y ganarse una vida respetable, la cual se esfuma al encarar la realidad actual en la que tener un empleo no es garantía contra la pobreza, como los pujantes números de trabajadores pobres atestiguan. Concebida desde la izquierda, con la libertad, la justicia, la igualdad y la dignidad humana como sus inherentes principios, una renta básica incondicional garantizaría automáticamente la existencia material de cada persona por el mero hecho de ser ciudadanos o residentes registrados. Una vez esto esté asegurado, se pueden discutir otros detalles, pero el primer objetivo es establecer el más básico de los derechos, el derecho a existir.

Estos puntos subrayan las diferencias entre las versiones de renta básica de izquierdas y de derechas. Hay otras, por supuesto, pero estas seis serían las divergencias más importantes. Decir que la renta básica es una mala idea porque Milton Friedman, Nixon, Mark Zuckerberg o Richard Branson la defienden tiene el mismo nivel argumentativo que decir que los Derechos Humanos son malos porque Madeleine (“el precio merece la pena”) Albright dice promoverlos.

Entonces, ¿es la renta básica revolucionaria? No. Pero tampoco lo son las subidas salariales, el aumento del poder de los sindicatos, una sanidad pública generosa, los sistemas públicos educativos y de vivienda, tampoco lo es la gobernanza ética a la que se le puede hacer rendir cuentas… El capitalismo es un grave problema para cualquiera que quiera un sociedad decente y la renta básica es “reformista” en el clásico sentido de la palabra. Pero, eh, ¿quién tiene una buena idea para revertir definitivamente el sistema capitalista ahora mismo?

es editor de Sin Permiso, presidente de la Red Renta Básica y profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es miembro del comité científico de ATTAC. Sus últimos libros son, en colaboración con Jordi Arcarons y Lluís Torrens, “Renta Básica Incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa” (Serbal, 2017) y, en colaboración con Julie Wark, “Against Charity” (Counterpunch, 2018).
es autora del “Manifiesto de derechos humanos” (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. En enero de 2018 se publicó su último libro, “Against Charity” (Counterpunch, 2018), en colaboración con Daniel Raventós.

Fuente:

https://www.counterpunch.org/2018/04/06/universal-basic-income-left-or-right/

Traducción: David Guerrero

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