Comencé a caminar despacio, hacia aquel lugar que recordaba vagamente, mi corazón latía rápido mientras mi respiración se iba volviendo a cada paso más agitada.

Mi tranquilo e incierto caminar delataba sin duda alguna ese miedo que todos en cierta medida generamos a veces de manera inconsciente hacia aquello que no comprendemos o que sencillamente no queremos, no estamos preparados para aceptar.

La luna iluminaba todo el sendero, incluso podía vislumbrar su reflejo en las serenas aguas del rio Sena.

Solo mis pasos retumbaban en el suelo descuidado y gastado por los transeúntes.

Llegue sin encontrarme con nadie hasta la fachada de Notre Dame. Allí me sobrecogió aquella sombra que a pasos agigantados se acercaba a mí…

Aquella extraña sombra se iba acercando cada vez más sin embargo, yo continuaba mi camino, ausente al mundo terrenal, la mirada fija en aquel punto. La cabeza erguida.

Las nubes formaban un escudo bajo el sol, flanqueando sus rayos en el horizonte, reflejo incierto en el cauce a veces tranquilo otras embravecido del romántico y a la vez tenebroso río.

Aquel bufido, me despertó de la abstracción en que andaba sumida.

Ahh!! Solo era aquel barco, ese restaurante que engatusaba a los turistas con la promesas de una romántica cena por el Sena a las luz de las velas.

Traje para los caballeros, vestido de noche para las señoritas. Etiqueta para farsa muy cara.
Aquel reflejo en el río nuevamente…

Lo obvie sin más y continúe mi paseo.

Hacía ya mucho tiempo que decidí no tener miedo, sabía que de vez en cuando retornaban aquellos momentos, pero era simple, la mente decidía que no existían…

“Lirios que tornan espinan cuán grande amor que queda disperso entre la niebla mientras el aire dispersa los pesaras aún sonando quejumbrosos los sonidos del alma cuando sientes en la piel que anda oculto entre las sombras y dispara”

El barco se fue alejando dejando nuevamente aquel silencio…. Mi rostro se reflejaba en las aguas del Sena.

Las escaleras sobre las que me encontré sin saber cómo sentada, descendían hasta el mismo borde del agua.

La noche… Rostros difuminados en el aire fresco

Sentí frío, algo lógico, mis pies estaban en el agua metidos. No recordaba siquiera haberme descalzado.

Tal vez era el momento de empezar a preocuparme, ¿que estaba ocupando mi mente de aquella brutal manera para que mis sentidos andarán totalmente fuera de control?

Calce mis sandalias azules con brillantes púrpuras a un lado, a juego con mi vestido estrecho color azul cielo cuyo escote en forma de pico dejaba un pequeño retazo insinuante de mi pecho al descubierto, rematado discretamente por una gasa púrpura brillante.

Antes de ponerme en pie me observe, mi rostro había cambiado y mucho desde la última vez que estuve allí.

Once años, toda una eternidad, ya no tenía esa sonrisa que siempre lucia en mi juventud. Los años y tú se ocuparon de robármela.

Recuerdo que Siempre me decías “Estas preciosa tu sonrisa contamina.”

Tal vez por eso marchaste sin más llevándotela. Aquella noche una pregunta solamente salió de mi garganta “¿por qué? No lo entiendo” y el aire rasgo mis oídos con un “no hay nada que entender”.

Aquellos abrazos sentidos piel con piel que tan sólo una noche fueron dueños de mi cuerpo, aquellos besos que aún resuenan en mi cerebro, dormir juntos después de sentirnos, abrazados, mientras mis dedos creían jugar con las caracolas que el pelo sobre tu pecho formaba.

Aquel sentirnos cercanos después de descubrir nuestros cuerpos, nuestros deseos fundidos alcanzando el clímax al mismo instante.

Ese olor a especies y castaño viejo, piel gastada por el paso de los años.

Aquel perderme en tu mirada ojos marrones con irisaciones del verde de la hierba ya gastada que en el lecho nos arropaba.

Aquello que solo una vez gastamos bajo la piel.. Poesía fue. Y aún reverberverán esos versos en mi cerebro.

Desde entonces ya nada fue igual.

La piel quema y la esencia permanece aún después de tanto tiempo, tal vez ese no entender lo dilata todo.

Pero serenó el alma y busco refugio y otros brazos la acuñaron con templanza y madurez aunque sin compromiso, nada esperaba ya de la vida, solo dejaba fluir los sentidos para recoger aquello que tanto añoraba.

Nuevamente había vuelto a volar…. solo la fresca brisa que aquella noche acariciaba mi rostro me devolvió a la realidad del momento.

Nada… solo silencio y ella, aquella sombra…

Retome el camino, se hacía tarde, no tenía la certeza de encontrarte pero decidí arriesgarme, solo mi tiempo que ya no era nada, podía perder…

Al pasar el puente de madera unas escalinatas me invitaron a subir de nivel. Me encontré en el barrio latino, un grato lugar sin duda.

Nuestro punto de encuentro. Espere más no llegaste.

No me importo no sentí decepción tal vez, tu invitación fue solo un sueño y en cualquier momento despertaría.

Gire sobre mis talones y comencé a caminar tranquila serénamente. Ya la noche acompañaba la ciudad, bajo sus luces me fue fundiendo en su silencio.

Algunas personas dormitaban ya bajo los arcos de los portales, algunos los más afortunados, como las orugas totalmente cubiertos de la cabeza a los pies. Otros sobre cartones. Todos dormían ya.

¿Y yo …?

Unas pisadas fuertes, rápidas, decididas me hicieron volver la vista para encontrarme contigo.

Después de todo, no estaba dormida.

Tu mano agarro mi cintura y me acerco a tus labios para darme las buenas noches con tu blanca, preciosa sonrisa.

Sin hablar me guiaste hasta el coche estacionado junto al puente por el que yo había ascendido minutos antes.

Manejabas mientras me observadas de reojo sin decir palabra. Yo también te miraba.
Sonaba en la radio aquella melodía de Jazz que el primer día de conocernos te dije me gustaba “Silencio en el alma”.

Me deleito con esa melodía armónica que ilumina el alma.

Sin más espera llegamos al Café Flloweur. Llovizna…

Luz tenue, suena el piano, una mesa junto a la ventana frente al escenario.

Unos muchachos cubanos se preparan, suena una trompeta mientras tú das indicaciones a una camarera que sin duda es francesa, muy joven y muy linda también.

Me sirven café

Mientras sin darme cuenta te esfumas, te busco intranquila más no te encuentro.

Se apagan las luces. Un foco ilumina el escenario. Ahí estas tú tocando el saxo. Tu camisa naranja ahora es negra, y tu corbata, aquella corbata azul.

No puedo evitar mirar tu cuerpo, me invade el deseo. Estás tan atractivo.

Fluye mi desconcierto, alma obscura, cenizas…

Trascurre la noche, sigo sola en la mesa mientras sobre el piano tus manos, acarician mi rostro y en mi cerebro resuena esa melodía.

Andas disperso aún después de un tiempo en que marchan los músicos.

Luz aciaga entre ser y no ser revuelven las brasas aún candentes, llamas indivisas que te buscan y no te encuentran mientras el alma anda confundida y rompe cuestiones inconfesables.

Suaves gotas de lluvia se hacen dueñas de la noche, cuándo abandono el Café cerca de las cuatro de la madrugada.

Aquellas notas aún retumban en mis oídos. Mi cuerpo aún te sentía.

Andaba despacio, las luces de las farolas consienten que la lluvia ponga su ritmo. Caminar mágico. Paseantes de la noche, huéspedes de la calle, colores vislumbran.

Tiempos de recuerdos llenos de colores ocupan el vacío de las calles que se pueblan en un instante, un parpadeo, algarabía y brillos, colores dispares.

Sin saber cómo te encuentras a mí verá.

Ese acento cubano tuyo no perdido a través de los años me vuelve loca, esa sonrisa despierta, tu mirada insinuante. Aquella camisa chillona color naranja, embaucan mis sentidos.

Mi mente andaba dispersa caminando a tu verá susurrando ese deseo.

El calor de tu cuerpo en tus dedos rozando los míos mientras caminamos. Te paras, me miras, me desnudas con tus ojos color canela, su brillo delata tu deseo.

Sonríes, caminas adelantándote y vuelves la mirada…

Regresas sobre tus pasos, me agarras la cintura, tu cuerpo es fuego púrpura y me prendes en deseo.

Tus labios me buscan despacio, con ganas y tu lengua hace hueco entre mis labios buscando acallar ese deseo

Acaricias mi rostro con tus dedos, sereno, sin prisas, besas el lóbulo de mi oreja, mordisqueas.

Recoges mi negro pelo largo hacia un lado mientras recorres mi cuello sin pausas, me envuelves de nuevo en tu mirada y me llevas de la mano hacia la cama.

Te sigo sin pensarlo, fluyen sensaciones, despiertan pasiones inciertas terrenales ciegas a la cordura humana.

La candidez de tu rostro, dulce mirada me cautiva, no recuerdo más que la suavidad de tu piel y el calor de tu ser mientras ardíamos en las llamas del infierno…

Sucumben a lo humano y reflejan en las sombras de la noche, el miedo acecha y encumbra en nuestros obscuros caminos que a veces obviamos para encontrar lo que amamos

Aquella extraña sombra que me persiguió durante todo el camino, ya no está, naufragó en el Sena mientras tú y yo nos sentíamos, miedo aciago que voló al instante cuando
encumbró mi alma.

Amor, que va, deseo, pasión, sin más bajo las gotas de lluvia junto al Sena, que importa el resto.

Marijose.-

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