Meses atrás comenzaron a escucharse los primeros disparos en el bosque. La caza se instaló libremente por todo el territorio. y los días festivos se convirtieron en peligrosos para paseantes, y especialmente para los animales. Era la primera oleada de los asesinatos en masa que habrían de llegar. A la crueldad del cazador pronto  se añadió la del ganadero, la del carnicero y la del vendedor de cadáveres. Están en campaña como los militares en tantos lugares. Y tiene sentido esta denominación, porque se trata de una guerra de exterminio. La llaman campaña de Navidad, y sus víctimas tienen nombres muy diversos: pavos, patos, gansos, gallinas,, pollos, cerdos, corderos, ternerillos, vacas, corzos, jabalíes, cervatillos conejos, mariscos y pescados de muy diversos tipos.
Los mataderos y pesqueros apenas dan abasto cortando cabezas. La sangre de los animales llenaría gigantescas piscinas en todo el Planeta. ¿Cual es la excusa? Una celebración. Ah, pero o se trata de una celebración cualquiera. Se trata de LA GRAN CELEBRACIÓN. ¿Y cómo se celebra? Matando y decorando mesas con cadáveres.
Todos sabemos que nuestro género humano busca siempre excusas que esperan sean bien aceptadas cuando se trata de matar. Los ejércitos invocan la defensa nacional, las religiones la defensa de la fe, y así sucesivamente. Todas quieren convertir el asesinato en algo de apariencia honorable para que la sangre de sus victimas no salpique sus conciencias. Pero qué carajo, hoy es Navidad, Celebremos la vida comiendo muertos. Olvidemos la conciencia y pongamos en nuestras mesas cadáveres exquisitos que al fin han dejado de sufrir en siniestros transportes y en establos inmundos.
Y el caso es que íbamos a celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, que vino a hacerlo en un establo y entre animales; que los amó, defendió de maltratadores y mercaderes y no formaron parte de su dieta, pues aquel Niño de Nazaret resultó ser el Cristo, y vegano. Pero nosotros, que nos declaramos cristianos con diversos apellidos, no ponemos reparo alguno en actuar justo en la dirección contraria a lo que Él enseñó y practicó. Que es Navidad, oigan; olvidemos al Nazareno, hagámoslo pequeñito para que asista en su cunita marmóreo y calladito para la Misa del Gallo, y celebremos nuestro paladar.
¿Recuperaremos pronto la cordura?

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