La Asamblea General de la ONU o “Naciones (des)Unidas “decretó el 1 de Noviembre de 2005 conmemorar  como Día internacional del Holocausto   cada  27 de Enero, fecha en que el ejército soviético liberó a los últimos 7.500 prisioneros del campo de exterminio alemán de Auschwitz-Birkenau. Hoy es ese día.

La propaganda judía, con el consentimiento general de los gobiernos del mundo, nos ha hecho olvidar que entre los más de seis millones de víctimas nazis en los campos de concentración y cárceles hitlerianas no solo había judíos: había también muchos miles de comunistas, socialistas, librepensadores, republicanos españoles y gitanos. Por tanto no fue tan solo un holocausto judío, sino contra todo aquel que se caracterizara por no ser asimilable para la sociedad amordazada y sometida  que se proponían construir los nazis. Creo que este recuerdo doloroso debe abarcarlos a todos y a cada uno de ellos, judíos o no.

Hizo bien en generalizar la ONU  para todo el género humano en su  Declaración Universal de los Derechos Humanos, un artículo como el 3 en que reconoce el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad personal de todo ser humano, o el  artículo 18, que  afirma el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión de toda persona. Lástima que no se cumplan nada  o se cumplan según.

Hizo bien la ONU, pero en  este mundo todo tiene dos caras: la aparente y la real. Si consultamos el diccionario María Moliner, la palabra “holocausto” tiene dos acepciones: 1) “Sacrificio religioso entre los judíos en que se quemaba toda la víctima” y 2) “Renuncia a algo o entrega de algo muy querido para lograr un ideal o el bien de otros”. Los nazis eligieron trágicamente la primera, y por desgracia ha tenido mucha continuidad después de ellos. Tras las dos guerras mundiales,  los Gulag soviéticos, los equivalentes de la China maoísta, los asesinatos masivos de Pol Pot, Indochina, Vietnam, están todas las guerras siguientes hasta el día de hoy, que es un no parar. Están los migrantes del hambre, de la guerra  y del clima ahogados en el Mediterráneo y los que mueren ante las alambradas de las fronteras de Europa de hambre, frío y desesperación sin que se vea futuro alguno para ellos. ¿Están excluidos ellos  de los derechos humanos? Al menos les quedan los derechos divinos aunque solo Dios parece reconocerlos para Sus hijos en este mundo.

Que nadie les venga a contar a los que murieron, a los que mueren  o a los que van a morir en o ante la civilizada Europa que  el artículo 3 o el 18 de sus legítimos  Derechos se los están saltando por las bravas todos los gobiernos firmantes, incluidos los EEUU.

Que nadie les venga a contar a los desheredados de la Tierra que en Norteamérica o  en esta “civilizada y cristiana Europa” quienes  se autocalifican cínicamente de “cristianos” van a recordar a sus gobernantes supuestamente cristianos como ellos, sus deberes con el prójimo. No solo los deberes que les corresponde asumir como integrantes de la ONU en lo que respecta a derechos humanos, sino los que les correspondería asumir como simples cristianos, donde el amor a Dios pasa por el amor al prójimo. O sea: los derechos divinos. (Pero, ay, también estos ¿quién los  recuerda, señorías?)…

No hace falta leer mucho sobre  derechos elementales o las enseñanzas de Jesús para saber lo que se debe hacer. Entre tanto, da lo mismo cuantas leyes humanas y divinas se escriban o lean  en los libros del mundo: lo verdadero es lo que está ocurriendo ante nuestros ojos en las pantallas de nuestros televisores sin que esto tenga una repercusión social apreciable. La gente está siendo domesticada, adormecida, insensibilizada…y muchos cientos de miles  muertos de hambre o de otros modos evitables, como enfermedades o desamparo social. ¿No son estos otros holocaustos?

A pesar de los 73 años transcurridos desde el día que conmemoramos, no se aprecian avances; los Gobiernos del mundo deberían estar avergonzados ante conmemoraciones como esta  que ponen en evidencia no solo  su hipocresía humanista  sino su flamante hipocresía religiosa. Quienes consienten o arman las guerras; quienes provocan la existencia de campos de refugiados y no les acogen; quienes ocasionaron el cambio climático y no ponen remedios; quienes participan en cacerías y matanzas o en experimentos con animales en este Planeta son autores de holocaustos modernos; son los nuevos genocidas humanos y asesinos de animales,  sucesores de  aquellos que tanto critican mientras les imitan de otro modo  bajo el manto democrático o la bandera Papal. Y nos hablan de derechos humanos o de Dios.  Que no nos engañen con su piel de oveja. Son lobos de aquella misma estirpe siempre de caza para devorar a sus presas.

¿Cuántas más fechas en negro nos aguardan para recordar  mientras sea este el estado del mundo?… ¿Cuándo sonará el gran despertador espiritual? Entonces conoceremos la segunda acepción de la palabra holocausto,  que es positiva: esa  “renuncia a algo o entrega de algo muy querido para lograr un ideal o el bien de otros”. Pero no de unos pocos a costa de la vida de quien les moleste como ocurre hoy. Esto tiene que acabar.

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