Hace algunos días se celebraba el primer centenario de la revolución rusa de 1917. Los supervivientes de aquellos sueños apenas si cuentan ya. Ni el comunismo llegó a ser, ni quienes ocuparon el kremlin estuvieron a la altura de ese ideal. Menos aún ahora, con el Sr. Putin, que ha conseguido que ese acontecimiento pasara solo como asunto cultural, y de ninguna  manera como  una fiesta nacional. Después de todo, ¿qué le podría interesar  que  no fuese su propia ascensión por la alfombra roja?

Pudimos verlo.

Las mismas lámparas que  iluminaron  el salón del trono de los antiguos zares, iluminaron en su día  la inacabable alfombra roja por donde el nuevo  presidente del gobierno  caminaba emocionalmente desbordado por la multitud de gentes a uno y otro lado con expresión reverencial. Acompañaba por la roja alfombra al nuevo inefable jefe del Kremlin el patriarca ortodoxo, revestido del disfraz para la ocasión. Mientras, los cañones disparaban salvas de honor  junto  al sonoro volteo de las campanas…Un decorado perfecto para los antiguos zares, sirve al nuevo Zar. Si  la monarquía volviera a Rusia no podría mejorar esta puesta en escena. Pero ya no es necesario que vuelva: A rey muerto, rey puesto.

Después de tanta sangre derramada por la revolución, y un siglo después, ¿Puede parecernos Rusia un estado democrático?

Y quien dice  Rusia, vayamos a otros poderosos emblemas del poder mundial. ¿Acaso nos pueden engañar aun  los Estados Unidos?… ¿Qué  me dicen de China, de Corea del Norte o de Arabia Saudí?…Y más vale que no miremos con atención  las democracias de la propia Europa o de Latinoamérica si no queremos sufrir desengaños. Sin embargo, ¿donde faltan las alfombras rojas? Cuanto más largas, más indecencia se pasea por ellas,  pero deslumbran mucho al  personal, que encuentra en quienes las usan  un  escalón superior  de la administración de la vida a la vez que  le confirma en su papel de súbdito ante la distancia inalcanzable que le separa de los actores.

Hipocresía a raudales

Observando el lenguaje corporal solemne y teatral de los oficiantes se descubre que desdice lo que sucede en la calle: ni seriedad, ni seguridad, ni confianza, ni ecuanimidad, fortaleza, justicia o respeto;  nada de eso es real. Los dirigentes del mundo se arrogan virtudes de las que carecen, pero deslumbran con su teatro. Ni los papas pueden  evitar la tentación de jugar ese juego, más repetido y solemne cuanto más se vacían las iglesias, igual que pasa en Rusia o en cualquier país donde la democracia se vacía también de contenido y ya no representa ni a la vieja burguesía, que tantos beneficios le trajo. Ahora son otros quienes cortan el bacalao y tienden alfombras rojas que conducen hacia los paraísos de Ali Babá.

Tampoco la Iglesia sale bien parada

Pero no están solos: la Iglesia les acompaña con su bendición y sus propias cuentas. Y lo mismo que la Rusia de hoy no representa para nada a la clase obrera, ¿puede representar a Cristo un Papa cuando el Vaticano es un Estado armado y  con las arcas rebosantes  en un mundo empobreciéndose  por días;  cuando la Iglesia nunca firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ni  se declaró ecologista o pacifista mientras considera utópicas  las enseñanzas del Sermón de la Montaña? ¿Cómo es posible tal cinismo?

¿ Alumbrados o deslumbrados?

A los que pensamos así, muchos deslumbrados nos consideran  alumbrados, pesimistas, radicales o populistas mientras siguen como lemingos a los  precipicios  de sus líderes. Y por deslumbrados,  no observan  cómo se derrumba la economía mundial desde el tsunami destapado en USA a partir de la guerra de Iraq; no ven cómo medio mundo  empieza a rebelarse o huir de sus países  porque las gentes se mueren de hambre literalmente mientras los escaparates de las alfombras rojas suben de precio al mismo ritmo que el pan, ambas igualmente inalcanzables para los más pobres, y eso que llevan votando – si se les permite- a sus intocables representantes, hipnotizados por sus promesas. Pero si estos triunfan, pueden perder fácilmente el derecho a opinar con libertad  o a tomar decisiones que contraríen a los paseantes de cualquiera de las alfombras rojas del mundo, cuyo color es bien simbólico: el rojo representa la vida, y ellos la pisotean  cuando se les antoja.

Sin embargo, la vida es quien tiene el poder, el de verdad, y todos estos que quieren dominarla para medrar sobre el resto andan bien errados, pues funciona en todo el Universo la Ley de causa y efecto. Con toda seguridad, bien en este mundo o en el que sigue no encontrarán alfombras rojas donde pisar, será duro, y verdaderamente  lo siento por ellos.

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