En esta nota, el autor comenta el avance del llamamiento de activistas, académicos, investigadores de la Inteligencia Artificial y varios gobiernos a proscribir mediante un tratado internacional los sistemas de armamento letal autónomo (LAWS por sus siglas en inglés).  

El artículo fue incluido en la edición 528-529 de América Latina en Movimiento “Internet Ciudadana o monopolios”, que explora la contradicción entre el proyecto corporativo de internet y el proyecto basado en comunes. El material aborda distintas facetas de esta contradicción, con aportes del encuentro “Diálogos por una Internet Ciudadana” (Quito, septiembre 2017). 

La revista, tanto en formato impreso como electrónico, puede conseguirse accediendo a https://www.alainet.org/es/revistas/528-529.

La resistencia contra las armas autónomas levanta vuelo

por Javier Tolcachier

Del 13 al 17 de Noviembre se desarrolla finalmente en Ginebra, en el marco de la Convención sobre Armas Convencionales (CCW) de Naciones Unidas, la reunión del Grupo de Expertos Gubernamentales sobre armamento autónomo. La agenda del cónclave, postergado dos veces este año por dificultades de financiamiento, está centrada en el análisis de los aspectos tecnológicos, militares, legales y éticos de estas armas. Además de los Estados signatarios de la Convención, participan Estados observadores, organizaciones no gubernamentales y académicas activas en la esfera del desarme.

El tema del armamento autónomo y la necesidad de su regulación/prohibición va cobrando relevancia en el ámbito internacional. Según Mary Wareham, coordinadora de la Campaña Stop Killer Robots, 19 países ya apoyan  la prohibición de armas autónomas. En la reciente sesión del Comité de Desarme en la 72ª Asamblea  General de la ONU, 34 países y 3 grupos regionales incluyeron el tema en sus declaraciones, entre ellos las delegaciones de Cuba, Ecuador y Pakistán, reiterando su llamamiento a su proscripción total.

La posición pakistaní no es en absoluto fortuita, ya que su pueblo, junto al de Somalia, Yemen y Afganistán, es víctima principal de los ataques con drones de EEUU. Los drones, considerados sistemas semiautónomos – es decir, con alguna mediación humana a distancia – van siendo perfeccionados con técnicas de inteligencia artificial para detectar blancos, eludir defensas enemigas y decidir ataques.

Tan sólo en Pakistán, según estadísticas de la Oficina de Periodismo Investigativo, se produjeron 429 ataques con drones desde 2004, asesinando entre 2500-4000 personas, con cifras de víctimas civiles que varían entre 400 y 1000, incluyendo un número cercano a los 200 niños. Otros informes, como el de la organización de DDHH Reprieve (2014) indican que por cada blanco intencional, los bombarderos teledirigidos de EEUU mataron veintiocho civiles. El diario pakistaní Dawn habla incluso de 140 víctimas inocentes por cada supuesto activista. Todo ello echa por tierra el argumento publicitario del complejo militar industrial según el cual la mayor precisión de estas armas provocaría menos muertes en conflictos armados.

El arsenal de armas autónomas existente y en desarrollo no se limita a los drones. Ya hay vehículos, tanques, bombas, sistemas de monitoreo, robots de carga y combate, navíos y submarinos que utilizan inteligencia artificial. Además del uso para combate, hay un extendido equipamiento de espionaje, vigilancia y respuesta armada, incluso con aplicación en el campo civil.

Impulsadas por el militarismo estadounidense, estas nuevas tecnologías mortíferas están siendo también desarrolladas por países como Israel, Gran Bretaña, Rusia, China, Noruega, Corea del Sur, Alemania y Francia, indicando no solamente renovados peligros para la paz, sino el comienzo de una nueva carrera armamentista.

Precisamente la avidez de rédito económico de las corporaciones de armamento, paralelamente a la intención de no perder control geopolítico, son  motivaciones centrales para la fabricación de material bélico con distintos grados de autonomía.

Debates en los organismos internacionales

Frente a este panorama se levantan múltiples voces reclamando una discusión sobre este tipo de armamento. Sobre todo, desde la academia y las empresas desarrolladoras de aplicaciones de IA, que no quieren ver empañados los aportes positivos de esta tecnología por afanes armamentistas destructivos.

Ya en 2015, investigadores señalaron en una Carta Abierta la necesidad de prevenir una nueva carrera armamentista. Más recientemente, anticipando la Conferencia Internacional sobre Inteligencia Artificial en Melbourne, 116 fundadores de compañías de robótica e IA exhortaron a las Naciones Unidas a prohibir los LAWS (Sistemas autónomos de armas letales, por sus siglas en inglés). “Las armas letales autónomas – reza el texto – amenazan con constituir la tercera revolución en las guerras. Una vez desarrolladas, permitirán que los conflictos armados tengan una escala nunca antes vista y una velocidad mucho mayor de lo que el ser humano pueda comprender.”

A este frente de resistencia se suman también exhortaciones desde diversas instituciones multilaterales y no gubernamentales. En 2013, el Alto Comisionado de Naciones Unidas sobre ejecuciones extrajudiciales, arbitrarias o sumarias Christof  Heyns pidió una moratoria en el desarrollo de armas autónomas.

En 2017, el Instituto Rathenau, comisionado por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (PACE), recomendó la instalación de una Convención para salvaguardar los Derechos Humanos en la edad de la robótica. También en el seno de la UNESCO, la COMEST (Comisión Mundial de Ética en al Conocimiento Científico), recomendó en su informe de Septiembre 2017 a los estados reconsiderar prácticas referidas a robots letales aludiendo a principios morales contrarios a las mismas.

Incluso las principales empresas informáticas se han visto conminadas a formar una alianza para “el buen uso” de la inteligencia artificial. Aún cuando el rechazo frontal al armamentismo no aparece específicamente en los pilares temáticos del acuerdo, los aspectos éticos parecen avanzar – cualesquiera sea su motivación – por los pasillos de estas megacompañías.

Más allá de estos impulsos, la resistencia central al armamento autónomo está nucleada en la Campaña Stop Killer Robots, con acciones de esclarecimiento y lobby. En su más reciente documento, la campaña exhorta a los Estados a garantizar la continuidad de las reuniones del Grupo de Expertos Gubernamentales extendiéndolas a cuatro semanas durante 2018, para sentar bases de futuras negociaciones restrictivas de los sistemas de armas autónomos.

Toda esta actividad cobra un envión adicional gracias a la aprobación en Julio pasado del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, hito por el que se otorgó el premio Nobel de la Paz 2017 a la Campaña Internacional por la Abolición de Armas Nucleares (ICAN).

Sin embargo, a pesar de los avances, este tema no puede quedar en mano de pocos. Máxime cuando la mayor parte de estos esfuerzos se realizan desde agrupaciones del Norte global. Mucho menos puede confiarse en la “buena voluntad empresarial” para detener la irracionalidad armamentista. Los pueblos del Sur global debemos activarnos.

La paz y el desarrollo humano se enfrentan en este campo, una vez más, a la voracidad económica de las corporaciones. Es hora de volcar la balanza a favor de los pueblos y desterrar todas las guerras, que más allá de la tecnología utilizada, nunca es autónoma y es siempre guiada por las peores intenciones.

Javier Tolcachier


Javier Tolcachier es un investigador perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas, organismo del Movimiento Humanista.

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